LA CRISTIADA EN LA OBRA DE JUAN RULFO

PRESENTACIÓN

Afirmar que Juan Rulfo cumple cien años en 2017 sería históricamente incorrecto, pero literariamente podemos decir que es correcto. Rulfo no murió en 1986; sus criaturas literarias le prolongan la vida indefinidamente. Detalles de esa supervivencia los veremos, al abordar la revolución cristera, en Pedro Páramo y en algunos cuentos de El llano en llamas.

LA CRISTIADA EN LA OBRA DE JUAN RULFO

Empecemos preguntándonos si la literatura puede abordar asuntos de carácter socio-político, psicológico, religioso histórico…, o si debe limitarse a la esfera de lo mítico, lo fantástico…, en suma, al arte por el arte. Entre los escritores suele haber cierta pugna: unos llaman “panfletarios” a los del bando opuesto, y éstos “enajenados” a los primeros. . Hay obras literarias de gran valor en que prevalece ora una ora otra tendencia. Para una información detallada sobre la polémica suscitada por el tema, remitimos al pequeño libro: Literatura en la revolución y revolución en la literatura (Referencias bibliográficas – al fin de este escrito).

Por ahora nos ocupamos de historia y literatura, tema tan antiguo como las dos disciplinas, puesto que ambas se sirven del lenguaje. W. Benamin en su ensayo “El narrador”, presenta ejemplos de texto histórico narrado literariamente y de narración literaria utilizando datos históricos. Me limito a resumir este último.

En la obra de Johan P. Hebel se encuentra una narración corta titulada “Reencuentro inesperado”. Un joven minero de las minas de Falum formaliza su compromiso con la novia y fijan la fecha para la boda. Pero, en la víspera del casamiento él muere soterrado en una galería. La “viuda” se mantiene fiel hasta la muerte y vive lo suficiente para reconocer un día, ya sumamente vieja, el cadáver del novio, encontrado en una galería perdida y conservado intacto gracias a las propiedades del vitriolo ferroso de la mina. Ella asiste al entierro (definitivo) del novio, y poco después muere ella también.

¿Cuánto tiempo transcurrió desde el comienzo hasta el fin de la historia? Hebel lo expresa enumerando trece acontecimientos de alcance nacional y mundial: Lisboa es destruida por un terremoto, Estados Unidos se independizan, etc., etc. Pero, cuando los mineros de Falum, en 1809…

El relato de Hebel muestra el hecho histórico engastado en la narración literaria. En la mayoría de los casos el acontecimiento es metamorfoseado, ficcionalizado. La literatura les da otro rumbo a los hechos reales, “les da un baño de ficción” (A. Reyes). Aplicando dicho razonamiento a la obra de Rulfo, constatamos que está engastada en el contexto histórico y socio-político del México de la primera mitad del s. XX. Por otra parte, admitido el valor literario de la obra cabe preguntar sobre el carácter histórico de los hechos imbricados en la narración. Nos referimos concretamente al conflicto cristero. Se buscará respuesta a esos planteamientos consultando brevemente la Historia, oyendo la opinión del autor y después observando la actuación de los personajes de El llano en llamas y de Pedro Páramo.

La Cristiada

Revolución cristera o Cristiada es como se ha designado el conflicto armado entre la Iglesia católica y el Gobierno mexicano, de 1926 a 1929. J. Meyer, historiador francés, especialista en la materia, prefiere el vocablo Cristiada. Según él, fue una “lucha desigual, lucha bíblica, David contra Gokia T.” (Meyer 1997:I, 9).

Las causas inmediatas del conflicto entre las máximas instituciones dela nación derivan de la Constitución de 1917. La Revolución Mexicana de 1910 no asumió un carácter declaradamente anticlerical, pero su tendencia socialista intentaba limitar de alguna manera la hegemonía de la Iglesia. Ésta, además, había sido aliada de la dictadura porfirista conra la cual se luchaba.

Previendo la reacción no sólo de la Iglesia sino también del pueblo católico, los presidentes Carranza y Obregón dejaron sin reglamentación los artículos polémicos de la nueva Constitución. Fue Calles quien quiso ponerle el cascabel al gato. Los intentos de negociación fracasaron; el Gobierno ignoró una petición con dos millones de firmas solicitando la derogación de la ley antirreligiosa. Entonces el Episcopado mexicano optó por la suspensión del culto a partir del primero de agosto de 1926 como protesta contra la “Ley Calles”. El Gobierno interpretó la medida como un reto, y la población católica, al verse privada del auxilio espiritual, dirigió su indignación con el “nuevo Nerón”. Fue así como surgió la “Guerra de los cristeros que movilizó cerca de 50 mil combatientes en 17 estados de la República” (Meyer, o. c., p. 129).

Conviene aclarar, no obstante, que exceptuando la protesta de cerrar los templos, la jerarquía católica no tuvo ningún otro gesto positivo hacia los cristeros o de confrontación frente al Gobierno. La mayoría de los sacerdotes y obispos se concentraron en las ciudades, en casa de católicos ricos e incluso fueron huéspedes de los perseguidores (Meyer, o. c., p. 37). El mismo investigador, tras enumerar los sacerdotes que se acogieron al abrigo de las ciudades (3, 500), el exiguo número de los sacerdotes combatientes (5), y los ejecutados por el simple hecho de administrar los sacramentos “sin la autorización oficial” (90), concluye: “El papel de los sacerdotes fue tan exiguo que es imposible hacerlos responsables de los levantamientos y los jefes de la guerra” (Id., ibid., pág. 49).

La Iglesia sólo aparecerá a la hora de recoger los frutos. Viéndose el Gobierno acosado por el Movimiento cristero, que cada vez se hacía más fuerte, optó por los buenos auspicios del embajador norteamericano Dwight Morrow y abrió negociaciones con los obispos. Ni éstos ni Calles tomaron en cuenta a los Cristeros. Éstos fueron obligados a entregar las armas, cosa que hicieron nos sin resistencia, pues no se fiaban del gobierno. Las represalias que siguieron contra ellos, una vez desarmados, les dieron la razón.

La voz de Juan Rulfo

En entrevistas y en escritos de carácter ensayístico Rulfo no oculta su antipatía hacia el levantamiento cristero. Curiosamente, gracias al mismo movimiento el futuro escritor se inicia como lector. “Cuando empezó la Cristiada, nosotros vivíamos frente al curato. Y el curato lo convirtieron en cuartel. Entonces el cura llevó a guardar la biblioteca a mi casa. Y me la leí toda” (J. Rulfo, Toda la obra, pág. 472). A continuación habla del cura Serrano de Zapotlán, a quien los militares ahorcaron “por mujeriego. Le gustaban mucho las mujeres y no se le iba una” (Ibid.).

Como puede verse, al abordar el tema cristero, Rulfo se vuelve prolijo: dejando su proverbial mutismo, ofrece hasta más información de la solicitada. Por otra parte, no parece atribuir ninguna importancia al hecho de que un cura le haya posibilitado el acceso a los libros. Al contrario, revela detalles poco halagadores del sacerdote en cuestión: era un censor eclesiástico y recogía todo tipo de libros con el pretexto de que estarían en el Index.

En otra ocasión presenta su síntesis del conflicto cristero:

“La revolución cristera fue una guerra intestina que se desarrolló en los pueblos de Jalisco y Colima (…) contra el gobierno federal. Es que hubo un decreto donde se aplicaba un artículo de la Constitución, en donde los curas no podían hacer política en las administraciones públicas, en donde las iglesias eran propiedad del Estado. (…) Claro, protestaron los habitantes. Empezaron a agitar y a causar conflictos. Son pueblos muy reaccionarios, pueblos con ideas muy conservadoras, fanáticos” (Juan Rulfo – Obra completa. Biblioteca Ayacucho, prólogo, p. XII).

Rulfo considera desproporcionada, si no injustificada la reacción del pueblo a la represión del gobierno. Abundando sobre el tema atribuye a las mujeres un papel preponderante en el surgimiento y propagación del conflicto. Eran ellas las que empujaban a los hombres a defender “la causa de Dios, y allá iban ellos a matarse” (Id., Ibid.). Algunos estudiosos de la obra de Rulfo adoptan el mismo punto de vista sobre la cristíada y hasta lo acentúan; atribuyen a los cristeros el asesinato del padre del escritor (Introducción al cuento de Talpa en la traducción al inglés). Quien conoce a fondo el problema expresa una idea más equilibrada: “Los soldados del gobierno y los rebeldes pusieron en práctica entonces los mecanismos más crueles para martirizar, para matar” (López Mena 1993: 42-43).

 

La voz de los personajes

En la novela se escucha la voz de una de las víctimas de don Pedro, vecina de la tumba de Juan Preciado y Dorotea: Páramo lo dejó tuerto, derrengado y maltrecho, pero vivo. Fue la intervención de los cristeros la que “lo acabó de matar”. Otra alusión a la Cristiada viene del Tilcuate que informa al patrón sobre las novedades de la Revolución en la que anduvo; “se ha hecho la paz, andamos sueltos” – informa el “revolucionario”. En Comala la novedad es: “se ha levantado en armas el P. Rentería”. El Tilcuate pregunta: “¿nos vamos con él o contra él?” Aconsejado por Páramo a irse a descansar, el “revolucionario” ve en el movimiento cristero una alternativa: “Me iré a reforzar al padrecito”. Razón: “me gusta como gritan. Además lleva uno ganada la salvación”. Hacia el fin de Pedro Páramo se encuentra otra alusión al desplante del P. Rentería. Abundio informa a la tendera, “madre Villa”, sobre el hecho. Ella se muestra preocupada. El arriero, en cambio, le dice: “Y a nosotros ¿qué nos importa? Ni nos va ni nos viene” (Toda la obra, pag. 299).

De manera oblicua, como entre paréntesis, sabemos que el P. Rentería se adhirió al movimiento cristero. ¿Qué fue lo que lo hizo dar el último paso? ¿Qué papel pensaba desempeñar y de hecho desempeñó una vez cristero? Ese es uno de los muchos vacíos que el lector debe colmar.

Pasando del “Páramo” al “Llano”, en el cuento “Anacleto Morones” hay un par de alusiones a la revolución cristera, empezando por el título del mismo cuento. Además, Lucas Lucatero, personaje clave del relato, declara haberse confesado, obligado a punta de fusil, por los cristeros (Id., Ibid. P. 166).

“La noche en que lo dejaron solo” llama la atención tanto por el tema, es cuento típicamente cristero, como por la manera de tratarlo. Curiosamente, no se encuentran en él las connotaciones “anticristeras” de los pasajes anteriores. El escenario y el cansancio del protagonista, su angustia ante la muerte inminente, son descritos con maestría. De forma oblicua y como quien no quiere la cosa, se trata un tema caro también a otros escritores: la ironía del destino donde no rige la ley de la causalidad sino la de la casualidad. Los adultos, “viejos y colmilludos”, que toman todas las precauciones, perecen; el jovencillo que las descuida, se salva. La condición fue: “tirar los refles y deshacerse de las carrilleras. Entonces se sitió más liviano”.

A diferencia de lo que se constata en otros relatos, aquí el autor se mantiene equidistante de cristeros y soldados. La simpatía del lector puede incluso pender hacia la parte más débil, los rebeldes. Sin embargo, esta excepción, aunque conspicua, no puede verse como una retractación “literaria” de cuanto Rulfo había dicho extraliterariamente respecto del conflicto cristero.

 

Conclusión

En sus declaraciones y entrevistas Juan Rulfo muestra en relación a la Cristiada un punto de vista más bien acorde con la historia oficial, mientras que su narrativa aparece una cierta ambigüedad; no se ve claramente de qué lado está. ¿Cómo explicar semejante incoherencia? Escuchemos al mismo Rulfo explicando qué entiende por literatura:

“Una mentira. Hay que ser mentiroso para hacer literatura”. (”El poeta es un fingidor”- Ferando Pessoa). En seguida el mismo Rulfo dirá que se trata de “una mentira que dice la verdad”. Alfonso Reyes acota: “Mentira práctica, verdad psicológica. O más brevemente: verdad sospechosa”.

El lector ingenuo quiere encontrar correspondencia entre lo narrado y la realidad. De ahí la desilusión al no encontrarla. Fue lo que ocurrió a unos visitantes que buscaban la Comala de Pedro Páramo, según cuenta irónicamente el mismo Rulfo. Al no encontrar ni ese ni otros pueblos, ni siquiera con el auxilio de los parientes del escritor, concluyeron que éste es un mentiroso. Y él no los desmiente.

Rulfo, como todos los escritores de su talla, es un “fingidor”:”no puedo escribir sobre las cosas que tengo antelos ojos. Tengo que imaginarlas”. Es decir, siente la necesidad de “volver a ver con los ojos del espíritu lo que antes vio con los ojos del cuerpo”.

El “Rulfo oral” ve la Cristiada de las ejecuciones sumarias, cuerpos colgados en los postes, en fin, cristianos que distan mucho de ofrecer la otra mejilla. Esa visión del Rulfo de carne y hueso coincide con la del tío militar, capitán David Peres Rulfo, que le ayudó a encontrar alojamiento y empleo en la capital.

Sin embargo, el Rulfo escritor no podía limitarse al simple registro de opiniones y puntos de vista pro o anticristeros, so pena de encallar en un maniqueísmo simplista. De haberlo hecho, su obra nos tendría la vitalidad que ostenta actualmente, aquí y en otras latitudes geográficas y lingüísticas.

 

foto juan julfo

fotografia Juan Julfo

Referencias bibliográficas

BENJAMIN, Walter: Ensaios sobre literatura e história da cultura. Editora brasiliense, 1996.

COLLAZOS, Oscar et al.: Literatura en la revolución y revolución en la literatura. Siglo XXI Editores, México, 1979.

MEYER, Jean: La Cristiada, México, Siglo XXI, 1981 (3 vols.).

LÓPEZ MENA, Sergio: Los caminos de la creación en Juan Rulfo. UNAM, México 1993.

RULFO, Juan: Toda la obra, edición crítica coordinada por Claude Fell, CNA México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

PRSSOA, Fernando: Obra poética. Nova Aguilar, Rio de Janeiro 2001. Poema: Autopsicografia. Estrofa citada (en el original):

O poeta é um fingidor.

Finge tão completamente

Que chega a fingir que é dor

A dor que deveras sente.

 

Florianópolis, SC, Brasil. Mayo de 2017.

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